27.4.10

LA HIPOTECA DEL SEXO

Si el sexo fuera como una hipoteca estaríamos muy contentos de que todos los meses se nos levantase el euribor, el banco nos domiciliase los recibos en las zonas nobles y que de vez en cuando nos hicieran una revisión de intereses, pero a cambio de eso nos enquilosaríamos en una costumbre de posturas y horarios que tras el pasar de los años acabarían con nuestra relación.

¿Por qué hipotecar el sexo para toda la vida? ¿No es preferible alquilar una vivienda e ir cambiando de zona según las necesidades de cada uno? Pues hagamos lo mismo con el sexo…

El eterno tabú del sexo sigue aflorando en nuestros días. Nadie habla abiertamente sobre el y sin embargo dedicamos más tiempo del recomendado en expresar ideologías políticas y gustos futboleros.

El sexo y el amor siempre fueron de la misma mano y aún es de capricho separar los sentimientos de una necesidad, porque el sexo es eso, una necesidad de nuestro cuerpo, un placer físico y mental, una sensación que sólo puede ser reproducida por contacto propio o ajeno.

¿Se puede tener sexo sin amor? Se puede y se debe. El amor no entiende de tiempo y el sexo aún por mucho que nos pese se mide en tiempo y longitud.

¿Se puede amar sin sexo? El amor es tan extenso que lo podemos sentir hacia un objeto, planta, animal de compañía, canción, lugar, situación… pero evidentemente si hablamos de una pareja convencional ahí es donde nos encontramos con la negativa a pensar en amar a esa persona para toda la vida sin tener un mísero momento de sexo.

Hablando de ello, me viene a la memoria Carlos Gárate, un buen amigo de la adolescencia… sí, aquella época en la que las tardes discurrían asomándonos a la ventana de los vestuarios de chicas en aquel viejo pabellón del Instituto.

Carlos pensaba en el sexo desde que se levantaba hasta que se acostaba e incluso puedo asegurar que cuando dormía hacía movimientos de pelvis bastante sospechosos.

Favorecido por su cuerpo formado gota a gota por máquinas de pesas y demás instrumentos para mí desconocidos, Carlos era todo un triunfador con respecto al género femenino.

Su amplia colección de bragas colgaba de una barra en el interior de su armario y cómo buen coleccionista que era, rotulaba en aquel algodón la fecha y el nombre de sus conquistas por lo que no he de ocultar que en más de una ocasión encontré en aquellas prendas el nombre de la protagonista de mis sueños eróticos. 

También debo decir que Carlos era un romántico empedernido. Se enamoraba fugazmente de todas las que pasaban por su lecho, pero eso no lo transformaba en hombre de una sola mujer sino todo lo contrario, Carlos era un hombre para media hora…

Era un amante nato, el amante capaz de hacer gemir a quién nunca ha gemido y hacer gritar de placer a mujeres adineradas entradas en edad sin tener que sacrificar su preciado tiempo en desayunos de flores, café y mermelada.

Entre otras muchas cosas, Carlos me enseñó a ser un amante perfecto y nunca se lo agradecí lo suficiente.

Hace unos días me encontré a Carlos paseando por la calle Ancha con su mujer y tres hijos… en el pude ver el rictus del estancamiento sexual, la mirada perdida, unos ojos vacíos de orgasmos y una media sonrisa de despedida tensa, tan tensa cómo la frigidez prematura en una cálida noche de verano.

A partir de este esporádico encuentro no hago más que recordar aquella fatídica tarde otoñal del 90…

Aquel día recogí a Carlos, maleta en mano nos dirigimos a la Estación de Trenes y no paramos de reír imaginándonos a todas las chicas que pasarían durante ese año por su cama del Colegio Mayor.

Tristemente pasó de coleccionista a coleccionado en menos de un año y ahora aprovecho estas líneas para escribir lo que le grite ya con el tren en marcha y que Carlos no pudo escuchar por los crujidos de la vía al paso de los vagones...

"Amigo, en Madrid los pisos son muy caros…. No te hipoteques"


Autor: Miguel F.

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