Me gusta el sonido de la noche, el olor de la ciudad dormida, el silencio aglomerado de pequeñas respiraciones, me gusta sentir que hace frío, observar los árboles desde mi ventana, las farolas quietas, esbeltas, solitarias, me gusta el sonido del frigorífico en la penumbra de mi cocina, el crujido de la madera noctámbula, me gusta imaginar que la noche es eterna y en ella eternizo mis sentidos, mis sentimientos y mis sueños.. los mismos sueños de siempre, los sueños que me hacen sudar, los sueños que aceleran mi corazón, los sueños que no recuerdo al despertar pero sé que han estado y que volverán.
Mi mano se oculta bajo la almohada, tengo las piernas entreabiertas, el nórdico se desliza hasta mi cintura… Son la cuatro de la madrugada, cierro los ojos y me concentro en el tic tac de las agujas del reloj, cada movimiento es una sacudida de emoción, me encanta sentir los segundos retumbando en mis sienes, el tiempo me golpea deliberadamente, sigo con los ojos cerrados disfrutando de este maravilloso momento y me dejo llevar hasta perder la noción de los minutos transcurridos bajo ese compás lento, tan lento cómo un grito sin eco.
Mientras, Bell sigue dormida ajena a todas estas sensaciones, su respiración es profunda, apoyo mi cabeza sobre el colchón de última generación cómo el indio que apoya la suya sobre la vía del tren y escucho cómo el latido de su corazón se propaga por su piel, penetra en el látex y repana mi interior, en estos momentos la tengo tan cerca que no la puedo ver, su latido se fusiona con el mío hasta llegar a parecer uno.
El suelo está frío, mis pies descalzos se adaptan al hábitat del silencio y cierro la puerta, la puerta de mis sueños, la misma puerta que hace un rato abrió Morfeo, la puerta de la intimidad, del amor y de la serenidad.
La temperatura es baja en el exterior de mi balcón, siento miles de pinchazos en mi torso desnudo, alfileres de hielo bajo la sombra del molino multicolor… Enciendo un cigarrillo, me cuesta mantener la llama del mechero, el viento viene de costado, furioso como el mar, a ráfagas cómo las pateras en el océano, sin dirección previsible, pero hiriente en mi rostro, en ese rostro perplejo ante la obsesiva mirada de las estrellas que junto a la luna, actúan noche tras noche en el teatro de los espejos.
Estoy temblando y me gusta la sensación espasmotica de mis músculos al contraerse una vez dentro de la habitación, no logro controlar los impulsos y la vibración se transmite por toda la cama.. Bell extiende su mano hasta tocarme y me pregunta sobre la hora a lo que le contesto rápidamente susurrando –sigue durmiendo, cariño, no son más de las cuatro y media- Ella asiente con un suspiro, gira su cuerpo y se acopla en la profundidad del nórdico y de los sueños.
Me acerco sigilosamente por la espalda y la abrazo cómo si fuera un terremoto, el terremoto del amor, el terremoto cuyo epicentro ahora soy yo.
Bell es el núcleo de la relación, la relación que arrasó con todo lo malo de mi interior, la nueva luz que se instaló en mi corazón, en ese corazón herido, mutilado y con pocas fuerzas para luchar, en ese maltrecho músculo que ahora vuelve a bombear ilusión, ilusión por volver a amar, amar cómo nunca lo había hecho, amar de verdad, amor pasional, carnal, salvaje y natural.
La primera luz del día aparece disconforme entre las ranuras de la persiana disolviéndose poco antes de llegar a la cama. Apago el reloj antes de que se active la alarma y decido despertar sutilmente a Bell, se despereza, me besa y al cabo de un rato escucho el agua correr, correr con alegría, con la alegría de ser un nuevo día.
Me sobresalta un portazo, he debido de quedarme dormido, me reincorporo en la cama y veo una nota en mi mesita de noche, la leo, sonrío y decido exterminar mi pereza bajo la ducha…
El baño huele al perfume de Bell y eso me hace sentir vivo, vivo una mañana más, vivo un nuevo día, un nuevo día en el que puedo contar los minutos, segundos o épocas tan distintas a esta, que me ama y me envuelve.
Me siento anclado en la era del amor, me siento feliz al ver que todos los fantasmas que merodeaban por mi jardín huyen corriendo, despavoridos hacia un lugar sin fin.
En la cocina luce el sol, cosa que agradezco porque mi piel aún no está del todo seca. Preparo un café con leche, enciendo un cigarrillo y una vez que estoy delante del ordenador empiezo a escribir todas estas líneas que al parecer ordenadas inconscientemente por el sentido de la rigidez mental aflorarán cómo un eco en aquellas personas que aún tengan algo que decir, algo por decidir y algo por qué pensar.
Estoy disfrutando de la vida, de la escritura y de la música, estoy lleno de luz, de esa luz que sólo puede ser regenerada por los vatios del amor, estoy censurado por derrochar tanta felicidad, estoy cómo nunca he estado, en el estado de la confesión permanente, de eternos viajes por el interior de mi mente y atiborrado de recuerdos que me hacen sentir fielmente alimentado por los que están, por los que estarán y por lo que han estado…
"Bell, sabes que me falta salud, pero me sobra con la que me das tú".
Autor: Miguel F.


