Está oscureciendo y decido regresar a casa, la temperatura es baja, el viento es racheado y en cualquier esquina percibo el intenso frío en mi rostro.
Estoy cansado, tan cansado que me cruzo con extraños sin mirarles a la cara, tengo ganas de llegar, ganas de tirarme en el sofá, ganas de amar y a la vez necesito gritar, estirar mis pensamientos y volverme a encontrar.
No me gustan las avenidas de más de cien números, no me gustan las calles estrechas por las cuales los coches circulan a toda velocidad, no me gusta nada de esta ciudad y quizás yo tampoco me gusto, tal vez me revele ante el espejo y haga brotar de mis muñecas la sangre que recorre mi cuerpo, ese cuerpo tenso y abandonado, ese cuerpo hastiado de vicios, sueños retrasados y con signos evidentes de degeneración física y mental.
Veo las hojas caer de los árboles y me imagino cayendo en su lugar, el viento las hace revolotear hasta formar una macedonia de direcciones contrarias, cada una busca su nuevo destino, el que le marca el viento cómo a mí me marca el tiempo, el destino del no llegar jamás, el destino de no poder saborear las ilusiones perdidas, el tener que llevar consigo la maleta del dolor, el billete del recuerdo y la foto en la que salimos tu y yo.
No sé si camino más rápido o más despacio, no sé si esta noche será la última y no sé si mañana veré un nuevo amanecer… Las luces penetran en mis ojos con destellos de debilidad, saben que estoy listo y que el final no tardará en llegar, se insinúan bajo mi caminar, iluminan lo que no alcanzo a ver y siembran detrás de mí una inmensa oscuridad.
Estoy en el suelo, arrodillado en un portal a escasos metros de la parada del bus, el cual puede significar mi último viaje, la peregrinación hacia el más allá. Estoy temblando y todo se nubla a mi alrededor, mis ojos humedecidos me impiden ver lo que realmente no tengo que ver. Ahora sé que nunca llegará, que esta no es mi parada ni mi ultimo viaje y decido echar a andar.
Por fin logro divisar mi casa… Hay luz en el salón, esa luz tan cálida que uno puede observar gratuitamente desde la calle en todos los hogares llenos de amor y felicidad.
Me detengo y me entretengo en mirar, en mirar sin pestañear, en mirar imaginando que esa luz es la vida, la vida por la cual ahora escribo estas líneas, la vida en forma de mujer, la vida y la pasión, la pasión y el amor, el amor que he encontrado en tu corazón y ese pedacito de corazón que un día me entregaste sin importarte mi anterior colección.
Abro la puerta y descubro el olor, ese olor tan distinto de cada hogar, el olor de la soledad, de la pasión, el olor a materia viva, a recuerdos y a dolor… pero esta vez el olor es diferente, esta vez la fragancia me envuelve y me hace desear lo que hace tiempo no deseé…
Ahora quiero vivir, quiero abrazarte, quiero soñar que sueño despierto y que mis manos entrelazadas con las tuyas me llevan hasta la felicidad, a esa felicidad que tengo tan cerca y que no alcanzo a tocar.
Mañana volverá a amanecer y volveré a saborear tu suave piel antes de que te vayas a trabajar, mañana empezaré a escribir el libro por el cual suspiraste aquel día y volveré a ser el mismo chico que llegaste a conocer en aquella tarde de invierno en un café cualquiera rodeado de acordes y letras que clamaban la necesidad de amarte, quererte y hacerte soñar.
Mañana seré tuyo, tuyo para siempre, para ti y para nadie más.
Autor: Miguel F.

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