11.10.09

EL FRIGORIFICO


Sotos era un camello de poca monta y digo era porque llegó un momento en que se metía más de lo que vendía, debía más de lo que tenía y un buen día decidió terminar con todo… Caminó pausadamente hacia el antiguo Puente de madera, apuró un cigarrillo y espero a su verdugo que no era otro que el Talgo de las 18:05 horas.

Dicen que dejó en su mesita de noche una carta sin destinatario, una carta en blanco, vacía como su alma, cómo las últimas papelas que pasaba… Sotos se fue como llegó, rápido y con dolor.

Recuerdo la última vez que me lo encontré, allí estaba cómo todos los sábados por la tarde en las cuatro esquinas, con su cazadora de cuero, la mirada perdida y el rictus del desamor.

Hacía demasiado tiempo que Sotos se había encerrado en sí mismo, hacía tiempo que había perdido la ilusión por todo. Su amigo "perico" cómo el le llamaba se había convertido en su más terrible enemigo y aquella chica rubia la cual era su único apoyo una soleada mañana de domingo, aprovechando que Sotos dormía, desvalijó su casa y vendió los miserables enseres en el mercado de segunda mano de la Plaza Mayor para poder disfrutar con "perico" a solas una semana entera.

Ese hecho dejó a Sotos muy tocado, tanto que jamás quiso volver a verla, ni cuando ella enfermó por un mal pico y se debatía entre la vida y la muerte en una cama del Hospital.

Ahora "perico" va de bolsillo en bolsillo y de rulo a pituitaria mientras que Sotos cría malvas en un nicho sin lapida.

Esto me llevó a la siguiente deducción:

El CUERPO ES COMO UN FRIGORÍFICO…SI CIERRAS LA PUERTA LOS SENTIMIENTOS SE QUEDAN EN LA OSCURIDAD DE NUESTRO INTERIOR Y SI ABRES LA PUERTA TODO EL QUE QUIERA PUEDE VER LA LUZ QUE HAY EN TUS ENTRAÑAS Y DE PASO ARREBATARTE TODO LO QUE HAY DENTRO DE TI.

La infancia de Sotos transcurrió en el seno de una familia de clase media, sus padres tienen un pequeño negocio de ultramarinos cerca de donde cursé mis estudios.

Recuerdo las tardes que entrábamos a comprar chucherías con veinticinco pesetas cada uno y unos años más tarde cambiamos las chuches por bocadillos, esos enormes bocadillos de media barra que su madre ponía a reventar de mortadela con aceitunas recién cortada durante los recreos del Instituto.

Quizás Sotos vio adulterada su intimidad tras aquellos mostradores, quizás el nunca quiso echar una mano a sus padres por no verse ante el escaparate del cliente… Sotos nunca quiso pesar naranjas ni cortar bacalao pero tampoco quiso estudiar, no quiso trabajar y tampoco quiso hacer frente a los problemas económicos de su familia con la llegada del PRYCA y otras grandes superficies.

Sotos pasó gran parte de su vida refugiado en los cómics y en la música de Kiss, sólo recuerdo un trabajo temporal que tuvo en una fábrica de quesos y digo temporal porque creo que no duró más de un mes en aquel alejado polígono.

A Sotos no le gustaba demasiado la gente, prefería no tener amigos antes de tener que aguantar tertulias insufribles en aquellas noches de verano en el Parque Lineal.

Sotos eran tres… el, su sombra en la acera y la enorme sombra oscura de su interior.

Pronto empezó a trapichear con chocolate y de ahí paso a la coca convirtiéndose en el camello de las noches de emergencia. Una sola llamada bastaba para que apareciera en un sitio concreto, te pasara la papela y desapareciera en la penumbra con el mismo sigilo que un felino cuando acecha a su presa y es que Sotos era felino y presa a la vez para convertirse años más tarde en sólo presa, débil y abandonado en la sabana de la droga, demasiado fácil para no salir con vida de ella.

Nadie pudo aconsejarle ya que nunca nos dio esa oportunidad. Sus padres pasaban el día con la mirada perdida en la bascula del mostrador… en la misma bascula que Sotos pesaba su mercancía en aquellas noches frías de navidad antes de salir a repartir cómo un vulgar Papá Noel las pequeñas bolsitas de polvo blanco entre abogados, políticos y empresarios de la ciudad.

Sotos descuidó su aspecto, perdió muchísimo peso y eso le llevó a un estado anímico muy vulnerable.

Ingresó durante un tiempo en un centro de rehabilitación, el sol para el podía haber vuelto a salir e incluso puedo decir que un día me pareció verlo detrás del mostrador de la tienda familiar de ultramarinos despachando unos botes de legumbres y una barra de pan.

Sotos quiso salir de ese infierno y en su búsqueda esporádica de la libertad encontró a la persona en la cual se apoyó durante sus últimos años, meses y días…. Sotos abrió la puerta de sus sentimientos a aquella chica rubia y esta lo desvalijó en lo material y espiritual.

Sotos siempre mantuvo ocultos sus sentimientos al igual que los rulos de 5 euros que rondaban por sus bolsillos y de seguir así seguro que aún estaba vivo, disfrutando de la música de Kiss, de sus cómics y de su amigo "perico".

A Sotos no le quitó la vida la droga y tampoco el Talgo de las 18:05.. a Sotos le quitó la vida abrir la puerta del frigorífico.


Autor: Miguel F.


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