2.11.09

MI VIDA DIGITAL





Miro el reloj y este marca algo más de las siete, lo miro una y otra vez y pienso en lo tedioso que es ser un reloj digital, porque un reloj siempre es aburrido pero el de agujas tiene su encanto, el movimiento de las manecillas, el tic-tac, la casilla de los días que nunca se cambia en el momento preciso, el cronómetro que no se usa y la esfera giratoria que adorna estéticamente y a la que hacemos girar sin sentido a uno y otro lado esperando quizás a que se atasque pudiendo así poner fin a ese estúpido juego giratorio…

Me gustaría ser un reloj con manecillas para adelantarme y retrasarme… me gustaría ser tantas cosas que ya casi me olvido de lo que soy.

El café templado parece que me levanta un poco el ánimo, ese mismo ánimo que últimamente me está matando y digo esto porque no hay día que no piense en el próximo invierno, estación celeste con sus movimientos aparentes, movimientos que contrarios a una mirada hacia atrás no podrán evitar que me convierta a la vista de muchos en estatua de sal.

Miro el reloj y este vuelve a marcar algo más de las siete, otra vez los mismos dígitos, otra vez inmerso en un día sideral… ahora entiendo que no he dormido mal, ahora entiendo que no es tan aburrida la vida digital, ahora entiendo que sigo estando sumergido en una espiral, la espiral invernal… y eso me excita más de lo normal,
la espiral invernal me hace temblar, sentir el sudor frío de verdad, no querer nada más y corretear cómo un niño hacia una fuente de irradiación celular!!!

Autor: Miguel F.

11.10.09

LOS SONIDOS DEL AMOR

Me gusta el sonido de la noche, el olor de la ciudad dormida, el silencio aglomerado de pequeñas respiraciones, me gusta sentir que hace frío, observar los árboles desde mi ventana, las farolas quietas, esbeltas, solitarias, me gusta el sonido del frigorífico en la penumbra de mi cocina, el crujido de la madera noctámbula, me gusta imaginar que la noche es eterna y en ella eternizo mis sentidos, mis sentimientos y mis sueños.. los mismos sueños de siempre, los sueños que me hacen sudar, los sueños que aceleran mi corazón, los sueños que no recuerdo al despertar pero sé que han estado y que volverán.

Mi mano se oculta bajo la almohada, tengo las piernas entreabiertas, el nórdico se desliza hasta mi cintura… Son la cuatro de la madrugada, cierro los ojos y me concentro en el tic tac de las agujas del reloj, cada movimiento es una sacudida de emoción, me encanta sentir los segundos retumbando en mis sienes, el tiempo me golpea deliberadamente, sigo con los ojos cerrados disfrutando de este maravilloso momento y me dejo llevar hasta perder la noción de los minutos transcurridos bajo ese compás lento, tan lento cómo un grito sin eco.

Mientras, Bell sigue dormida ajena a todas estas sensaciones, su respiración es profunda, apoyo mi cabeza sobre el colchón de última generación cómo el indio que apoya la suya sobre la vía del tren y escucho cómo el latido de su corazón se propaga por su piel, penetra en el látex y repana mi interior, en estos momentos la tengo tan cerca que no la puedo ver, su latido se fusiona con el mío hasta llegar a parecer uno.

El suelo está frío, mis pies descalzos se adaptan al hábitat del silencio y cierro la puerta, la puerta de mis sueños, la misma puerta que hace un rato abrió Morfeo, la puerta de la intimidad, del amor y de la serenidad.

La temperatura es baja en el exterior de mi balcón, siento miles de pinchazos en mi torso desnudo, alfileres de hielo bajo la sombra del molino multicolor… Enciendo un cigarrillo, me cuesta mantener la llama del mechero, el viento viene de costado, furioso como el mar, a ráfagas cómo las pateras en el océano, sin dirección previsible, pero hiriente en mi rostro, en ese rostro perplejo ante la obsesiva mirada de las estrellas que junto a la luna, actúan noche tras noche en el teatro de los espejos.

Estoy temblando y me gusta la sensación espasmotica de mis músculos al contraerse una vez dentro de la habitación, no logro controlar los impulsos y la vibración se transmite por toda la cama.. Bell extiende su mano hasta tocarme y me pregunta sobre la hora a lo que le contesto rápidamente susurrando –sigue durmiendo, cariño, no son más de las cuatro y media- Ella asiente con un suspiro, gira su cuerpo y se acopla en la profundidad del nórdico y de los sueños.

Me acerco sigilosamente por la espalda y la abrazo cómo si fuera un terremoto, el terremoto del amor, el terremoto cuyo epicentro ahora soy yo.

Bell es el núcleo de la relación, la relación que arrasó con todo lo malo de mi interior, la nueva luz que se instaló en mi corazón, en ese corazón herido, mutilado y con pocas fuerzas para luchar, en ese maltrecho músculo que ahora vuelve a bombear ilusión, ilusión por volver a amar, amar cómo nunca lo había hecho, amar de verdad, amor pasional, carnal, salvaje y natural.

La primera luz del día aparece disconforme entre las ranuras de la persiana disolviéndose poco antes de llegar a la cama. Apago el reloj antes de que se active la alarma y decido despertar sutilmente a Bell, se despereza, me besa y al cabo de un rato escucho el agua correr, correr con alegría, con la alegría de ser un nuevo día.

Me sobresalta un portazo, he debido de quedarme dormido, me reincorporo en la cama y veo una nota en mi mesita de noche, la leo, sonrío y decido exterminar mi pereza bajo la ducha…

El baño huele al perfume de Bell y eso me hace sentir vivo, vivo una mañana más, vivo un nuevo día, un nuevo día en el que puedo contar los minutos, segundos o épocas tan distintas a esta, que me ama y me envuelve.

Me siento anclado en la era del amor, me siento feliz al ver que todos los fantasmas que merodeaban por mi jardín huyen corriendo, despavoridos hacia un lugar sin fin.

En la cocina luce el sol, cosa que agradezco porque mi piel aún no está del todo seca. Preparo un café con leche, enciendo un cigarrillo y una vez que estoy delante del ordenador empiezo a escribir todas estas líneas que al parecer ordenadas inconscientemente por el sentido de la rigidez mental aflorarán cómo un eco en aquellas personas que aún tengan algo que decir, algo por decidir y algo por qué pensar.


Estoy disfrutando de la vida, de la escritura y de la música, estoy lleno de luz, de esa luz que sólo puede ser regenerada por los vatios del amor, estoy censurado por derrochar tanta felicidad, estoy cómo nunca he estado, en el estado de la confesión permanente, de eternos viajes por el interior de mi mente y atiborrado de recuerdos que me hacen sentir fielmente alimentado por los que están, por los que estarán y por lo que han estado…

"Bell, sabes que me falta salud, pero me sobra con la que me das tú".


Autor: Miguel F.



SUEÑOS QUE SE CONVIERTEN EN PESADILLAS




Soy coleccionista de Grammys, asiduo a fiestas de largo, comparto cama con chicas siliconadas , de mi nariz cuelgan rulos de 500 euros, en los hoteles salen a recibirme, me veneran en la Quinta Avenida, no conozco a la mitad de mis hijos ni a sus madres, todos hacen lo que yo quiero y así soy terriblemente feliz…

Me despierto balbuceando, tembloroso y sudoroso.. miro a mi alrededor –sólo ha sido un sueño Miguel- pero aún no estoy seguro de ello ya que en su día me gasté una pasta en mi casa de diseño.
Me dirijo lo más rápido posible al salón, programo el Home Cinema y me torturo viendo 50 veces consecutivas el video de "Rajoy y los hilillos de plastilina" –Bien, sólo ha sido un sueño me digo de nuevo-, de todas formas quiero estar aún más seguro de ello por lo que divido la pantalla y en el lado de la izquierda observo a cámara lenta el fallo de Pau Gasol en la final España-Rusia… Me cae una lágrima, ¡siiii! ahora ya estoy seguro, sonrío aliviado y me preparo un reconfortante baño ya que esta pesadilla que no un sueño me ha dejado extasiado.

Mientras disfruto del baño con sus sales, vapores y espumerío premeditado, escucho el segundo movimiento de "Patética", la sexta sinfonía de Tchaikovsky y me dejo llevar por esas melodías frenéticamente perfectas para poco después dar paso a un buen afeitado, ropa cuidadosamente elegida y perfume Donna Karan.

Esta mañana hace frío por lo que estreno mi gorro de los Ramones y cómo no soy hombre de Yolas ni gayolas, ni de after, hoteles y Grammys.. paseo tranquilamente por la calle Concepción disfrutando del olor a castaña asada, cruzándome con Séve el cual me suelta a unos cuantos metros de distancia una de sus parrafadas y llego hasta la Suiza, el lugar por excelencia de los tallos, de las boinas y del croissant.

Apurando el último sorbo de café, miro a un señor de edad avanzada que lleva más de media hora observando cómo una grúa y sus obreros destrozan una casa vieja, de regreso al hogar las parejas se abrazan en el Altozano, hay atasco en Padre Romano y al llegar al portal me encuentro con la cartera del barrio la cual me da el ultimo recibo de ONO en mano.

No puedo parar de sonreír, sonreír sin más, sonrío porque me siento feliz de ser un mero figurante en mitad de esta película, la película de vuestra vida… en la cual, nunca aparecerá mi nombre en los créditos y orgulloso de ello seguiré felizmente en el anonimato dejando paso a otras personas para que sean pasto del amargo estrellato.


Autor: Miguel F.

UNA NOCHE MAS


Tengo que retirar las cenizas de la chimenea, bendita rutina la que me hace recordar quién fui y qué soy. Una taza de café descansa en la mesa baja del salón junto a un cenicero de extraña textura, regalo de una relación anterior. En el me veo reflejado, llevo barba de un par de días y estoy algo despeinado, este aspecto me hace sentir abandonado.

Entro en la cocina y dejo la taza de café de la noche anterior en la encimera... Me encanta ponerme delante del fregadero ya que puedo observar desde la ventana todo el exterior, los días de frío y los días de calor. Desayuno lo de siempre, leche con cereales y un chupito de pacharán, me fumo un cigarro, el primero del día, de este día que acaba de empezar.

Subo por las escaleras y entro a la habitación, la cama está desecha y aún puedo oler el perfume que ha dejado la mujer de mi vida en la funda nórdica, la sensación olfativa me produce tranquilidad y paz, exprime mis sentimientos y deseo que llegue la hora de cenar para verla regresar.

Abro la ventana para ventilar y entonces puedo contemplar cómo se esfuma el olor de nuestros sueños y de nuestra piel, no sé bien donde va pero si sé que otra noche más volverá.

Entro en el baño, ese baño rústico que conserva lo mejor de aquella época, la blancura de sus saneamientos y la soledad de aquellos momentos. Dejo el agua correr hasta que el vaho empaña el espejo y mi imagen desnuda se vuelve borrosa e indescriptible. Suelo recrearme con el gel, me asombra el contacto con la piel y me gusta jugar con la espuma poniendo montoncitos en mi cara hasta llegar a tener la barba de Papa Noel.

Termino de ducharme y me pongo ropa interior de una marca conocida, un pantalón vaquero, calcetines negros, unas Converse verdes, camiseta de manga larga ajustada y una cazadora abotonada.

Salgo del "refugio", la tierra está húmeda, aún puedo observar restos de escarcha en los matorrales más cercanos, el humo sale de mi boca y me encanta formar figuras que se diluyen en el aire.

Paseo por los caminos pedregosos que llevan hasta el manantial, pienso en todo y en nada, veo el agua cristalina, tan limpia que mi alma parece oscura y sucia. Me fumo un cigarro y escucho el sonido de las aves revoloteando, el sonido del aire retozando entre los árboles, el sonido de mi infancia, de la soledad y de la distancia.

Continuo hasta llegar al viejo caserío donde un día más me espera el pan horneado del viejo Joséle, un auténtico superviviente de la historia más negra de este país. Su rostro agrietado y su incipiente chepa hacen de el un personaje tan peculiar cómo siniestro.

Recuerdo aquellos veranos de mi infancia cuando íbamos todos los primos al viejo caserío para hacer de él nuestro fortín y el “viejo” Joséle (porque ha sido viejo desde siempre) nos esperaba garrote en mano alertado por nuestros gritos y risas.

Joséle es dominador del tiempo y dispone de un humor arcaico, tanto como él. Algunas veces aprovecha mi visita para relatarme algún capítulo de su extraña vida, el “viejo” Joséle cuenta lo que quiere… Un día le pregunte no hace mucho por la enorme cicatriz que le cruza toda la cara y tranquilamente me miró a los ojos durante unos eternos segundos y respondió con voz grave y cansada.-No preguntes lo que no quieras saber.-

Recojo el pan del viejo caserío y sigo el camino que lleva hasta la senda más bonita que hay por estos lugares. Me entretengo con el paisaje, siempre es el mismo pero siempre es distinto. Miro el reloj, respiro aire puro y decido regresar al "refugio".

Mientras preparo la comida escucho música y me deleito con una buena canción y una cerveza bien fría. Hoy volveré a comer sólo y el momento de soledad culinaria es muy personal, tan personal que muchos veces lo hago de pie para no tener que enfrentarme a una mesa vacía, unos cubiertos de plata y una copa de vino.

Esta tarde la dedicaré a componer y a escribir, esta tarde esperaré a que se vaya el sol, venga la luna y a que el ruido de los octanos y el motor rompan el silencio de la oscuridad. Esta noche cenaremos juntos, esta noche haremos el amor cómo si fuéramos dos desconocidos, esta noche es nuestra noche y mañana al marcharte a trabajar volverás a dejar tu perfume en mi soledad.




Autor: Miguel F.

EL FRIGORIFICO


Sotos era un camello de poca monta y digo era porque llegó un momento en que se metía más de lo que vendía, debía más de lo que tenía y un buen día decidió terminar con todo… Caminó pausadamente hacia el antiguo Puente de madera, apuró un cigarrillo y espero a su verdugo que no era otro que el Talgo de las 18:05 horas.

Dicen que dejó en su mesita de noche una carta sin destinatario, una carta en blanco, vacía como su alma, cómo las últimas papelas que pasaba… Sotos se fue como llegó, rápido y con dolor.

Recuerdo la última vez que me lo encontré, allí estaba cómo todos los sábados por la tarde en las cuatro esquinas, con su cazadora de cuero, la mirada perdida y el rictus del desamor.

Hacía demasiado tiempo que Sotos se había encerrado en sí mismo, hacía tiempo que había perdido la ilusión por todo. Su amigo "perico" cómo el le llamaba se había convertido en su más terrible enemigo y aquella chica rubia la cual era su único apoyo una soleada mañana de domingo, aprovechando que Sotos dormía, desvalijó su casa y vendió los miserables enseres en el mercado de segunda mano de la Plaza Mayor para poder disfrutar con "perico" a solas una semana entera.

Ese hecho dejó a Sotos muy tocado, tanto que jamás quiso volver a verla, ni cuando ella enfermó por un mal pico y se debatía entre la vida y la muerte en una cama del Hospital.

Ahora "perico" va de bolsillo en bolsillo y de rulo a pituitaria mientras que Sotos cría malvas en un nicho sin lapida.

Esto me llevó a la siguiente deducción:

El CUERPO ES COMO UN FRIGORÍFICO…SI CIERRAS LA PUERTA LOS SENTIMIENTOS SE QUEDAN EN LA OSCURIDAD DE NUESTRO INTERIOR Y SI ABRES LA PUERTA TODO EL QUE QUIERA PUEDE VER LA LUZ QUE HAY EN TUS ENTRAÑAS Y DE PASO ARREBATARTE TODO LO QUE HAY DENTRO DE TI.

La infancia de Sotos transcurrió en el seno de una familia de clase media, sus padres tienen un pequeño negocio de ultramarinos cerca de donde cursé mis estudios.

Recuerdo las tardes que entrábamos a comprar chucherías con veinticinco pesetas cada uno y unos años más tarde cambiamos las chuches por bocadillos, esos enormes bocadillos de media barra que su madre ponía a reventar de mortadela con aceitunas recién cortada durante los recreos del Instituto.

Quizás Sotos vio adulterada su intimidad tras aquellos mostradores, quizás el nunca quiso echar una mano a sus padres por no verse ante el escaparate del cliente… Sotos nunca quiso pesar naranjas ni cortar bacalao pero tampoco quiso estudiar, no quiso trabajar y tampoco quiso hacer frente a los problemas económicos de su familia con la llegada del PRYCA y otras grandes superficies.

Sotos pasó gran parte de su vida refugiado en los cómics y en la música de Kiss, sólo recuerdo un trabajo temporal que tuvo en una fábrica de quesos y digo temporal porque creo que no duró más de un mes en aquel alejado polígono.

A Sotos no le gustaba demasiado la gente, prefería no tener amigos antes de tener que aguantar tertulias insufribles en aquellas noches de verano en el Parque Lineal.

Sotos eran tres… el, su sombra en la acera y la enorme sombra oscura de su interior.

Pronto empezó a trapichear con chocolate y de ahí paso a la coca convirtiéndose en el camello de las noches de emergencia. Una sola llamada bastaba para que apareciera en un sitio concreto, te pasara la papela y desapareciera en la penumbra con el mismo sigilo que un felino cuando acecha a su presa y es que Sotos era felino y presa a la vez para convertirse años más tarde en sólo presa, débil y abandonado en la sabana de la droga, demasiado fácil para no salir con vida de ella.

Nadie pudo aconsejarle ya que nunca nos dio esa oportunidad. Sus padres pasaban el día con la mirada perdida en la bascula del mostrador… en la misma bascula que Sotos pesaba su mercancía en aquellas noches frías de navidad antes de salir a repartir cómo un vulgar Papá Noel las pequeñas bolsitas de polvo blanco entre abogados, políticos y empresarios de la ciudad.

Sotos descuidó su aspecto, perdió muchísimo peso y eso le llevó a un estado anímico muy vulnerable.

Ingresó durante un tiempo en un centro de rehabilitación, el sol para el podía haber vuelto a salir e incluso puedo decir que un día me pareció verlo detrás del mostrador de la tienda familiar de ultramarinos despachando unos botes de legumbres y una barra de pan.

Sotos quiso salir de ese infierno y en su búsqueda esporádica de la libertad encontró a la persona en la cual se apoyó durante sus últimos años, meses y días…. Sotos abrió la puerta de sus sentimientos a aquella chica rubia y esta lo desvalijó en lo material y espiritual.

Sotos siempre mantuvo ocultos sus sentimientos al igual que los rulos de 5 euros que rondaban por sus bolsillos y de seguir así seguro que aún estaba vivo, disfrutando de la música de Kiss, de sus cómics y de su amigo "perico".

A Sotos no le quitó la vida la droga y tampoco el Talgo de las 18:05.. a Sotos le quitó la vida abrir la puerta del frigorífico.


Autor: Miguel F.


EL TRAYECTO DE LA CONFESIÓN

Está oscureciendo y decido regresar a casa, la temperatura es baja, el viento es racheado y en cualquier esquina percibo el intenso frío en mi rostro.

Estoy cansado, tan cansado que me cruzo con extraños sin mirarles a la cara, tengo ganas de llegar, ganas de tirarme en el sofá, ganas de amar y a la vez necesito gritar, estirar mis pensamientos y volverme a encontrar.

No me gustan las avenidas de más de cien números, no me gustan las calles estrechas por las cuales los coches circulan a toda velocidad, no me gusta nada de esta ciudad y quizás yo tampoco me gusto, tal vez me revele ante el espejo y haga brotar de mis muñecas la sangre que recorre mi cuerpo, ese cuerpo tenso y abandonado, ese cuerpo hastiado de vicios, sueños retrasados y con signos evidentes de degeneración física y mental.

Veo las hojas caer de los árboles y me imagino cayendo en su lugar, el viento las hace revolotear hasta formar una macedonia de direcciones contrarias, cada una busca su nuevo destino, el que le marca el viento cómo a mí me marca el tiempo, el destino del no llegar jamás, el destino de no poder saborear las ilusiones perdidas, el tener que llevar consigo la maleta del dolor, el billete del recuerdo y la foto en la que salimos tu y yo.

No sé si camino más rápido o más despacio, no sé si esta noche será la última y no sé si mañana veré un nuevo amanecer… Las luces penetran en mis ojos con destellos de debilidad, saben que estoy listo y que el final no tardará en llegar, se insinúan bajo mi caminar, iluminan lo que no alcanzo a ver y siembran detrás de mí una inmensa oscuridad.

Estoy en el suelo, arrodillado en un portal a escasos metros de la parada del bus, el cual puede significar mi último viaje, la peregrinación hacia el más allá. Estoy temblando y todo se nubla a mi alrededor, mis ojos humedecidos me impiden ver lo que realmente no tengo que ver. Ahora sé que nunca llegará, que esta no es mi parada ni mi ultimo viaje y decido echar a andar.

Por fin logro divisar mi casa… Hay luz en el salón, esa luz tan cálida que uno puede observar gratuitamente desde la calle en todos los hogares llenos de amor y felicidad.

Me detengo y me entretengo en mirar, en mirar sin pestañear, en mirar imaginando que esa luz es la vida, la vida por la cual ahora escribo estas líneas, la vida en forma de mujer, la vida y la pasión, la pasión y el amor, el amor que he encontrado en tu corazón y ese pedacito de corazón que un día me entregaste sin importarte mi anterior colección.

Abro la puerta y descubro el olor, ese olor tan distinto de cada hogar, el olor de la soledad, de la pasión, el olor a materia viva, a recuerdos y a dolor… pero esta vez el olor es diferente, esta vez la fragancia me envuelve y me hace desear lo que hace tiempo no deseé…

Ahora quiero vivir, quiero abrazarte, quiero soñar que sueño despierto y que mis manos entrelazadas con las tuyas me llevan hasta la felicidad, a esa felicidad que tengo tan cerca y que no alcanzo a tocar.

Mañana volverá a amanecer y volveré a saborear tu suave piel antes de que te vayas a trabajar, mañana empezaré a escribir el libro por el cual suspiraste aquel día y volveré a ser el mismo chico que llegaste a conocer en aquella tarde de invierno en un café cualquiera rodeado de acordes y letras que clamaban la necesidad de amarte, quererte y hacerte soñar.

Mañana seré tuyo, tuyo para siempre, para ti y para nadie más.


Autor: Miguel F.

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